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REALIZARAN UNA PELICULA DE ISABEL PERÓN INDAGADA EN SU HISTORIA

Entrevista con el director de “Una casa sin cortinas”, que estrena en BAFICI. Un documental fascinante sobre una figura que inspira terror y el peronismo prefiere olvidar. A la vez, se repone la estupenda “Happyland”, de Alfredo Arias, sobre la primera presidenta de las Américas confinada en su destierro.

La primera escena de Una casa sin cortinas es la de una marea humana. Demasiada gente, demasiado apretada, empujándose por los pasillos como callecitas del Cementerio de la Recoleta. Unos se trepan a los muros, otros se pelean, sacados, cuerpo contra cuerpo. Una prehistoria vista desde el distanciamiento social. Entre ese apretuje, un grupo logra avanzar hacia el mausoleo de Evita. Son hombres con cara de pocos amigos, que protegen a una mujer menuda, de rodete alto, milagro del Roby. Sonriente. Asustada. La gente tira cosas y algo le cae en ese nido que tiene en la cabeza; alguien se lo saca. Es María Estela Martínez Cartas. Pero el griterío corea su otro nombre: ¡Isabel!

En esos primeros minutos de la película de Julián Troksberg, que se ve en BAFICI, parece estar todo. La pasión, la idolatría por figuras políticas elevadas a categorías mesiánicas, la necrofilia. Elementos insoslayables de eso que al realizador le cuesta definir cuando le preguntan —en Nueva York, donde vive—, qué es el peronismo.

Su película se mete con una figura terrorífica para muchos argentinos de su generación. Con un fantasma: la primera presidenta del continente, la última mujer de Perón, cuyo nombre coreaban sindicalistas y militantes haciendo la V de la victoria, es una ausente. No se la menciona, no se la reivindica, no hay un busto de ella en nuestro palacio legislativo, con los demás presidentes: el busto se hizo, pero nadie sabe dónde está. Como si no hubiera existido.

Pero por mucho que se la manipule, la historia no puede borrarse. La ex presidenta, cuya gestión quedó marcada por la violencia de la triple A de López Rega y desembocó en el golpe, está viva, y acaba de cumplir noventa años.

“No sé si el peronismo quiere dejar afuera su figura, porque el peronismo es amplio y tiene muchísimos matices. Pero lo que es seguro es que con la figura de Isabel no saben bien qué hacer —dice Troksberg—. La izquierda peronista siempre la odió, y la ortodoxia tampoco salía a reivindicarla en voz muy alta. Pero a la vez: Isabel llevaba el apellido Perón y eso pesa mucho. Por lo que tampoco se la pude dejar de lado como a otros tantos dirigentes que van quedando por el camino en la construcción de poder”.

Frente a su cámara, contribuyen a armar el perfil de la protagonista los testimonios de Juan Manuel Abal Medina (padre), el ya fallecido Dante GulloCarlos CorachCarlos Ruckauf, que fue ministro en su gabinete, una muy seria, nerviosa Nilda Garré, que formó parte del grupo de legisladores opuesto a su candidatura, Eva Gatica, Osvaldo Papaleo, el periodista Esteban Peicovich.

Además, dos hallazgos que sorprenden: la artista plástica Marcia Schvartz, que detesta al personaje y la pintó, en unos cuadros increíbles; y el escultor Enrique Savio, autor del busto perdido, del que conserva el molde en yeso. Lo tiene tapado de tierra en lo alto de un estante, olvidado: toda una imagen que el director supo aprovechar. También sorprende el testimonio de la actriz Haydée Padilla, que era amiga de María Estela cuando ambas asistían a cursos de baile.

A pesar de este elenco, que va y viene en el montaje con un ritmo notable, Troksberg dice que le costó encontrar entrevistados dispuestos. “Y otra cosa: lo que todos reivindican de Isabel es su silencio. Como si eso fuera lo mejor que pudo hacer”, añade. Que se la bancó en la cárcel, callada. Que luego se fue a España y, después de un regreso para arreglar cuestiones patrimoniales, no se supo más de ella.

“Tampoco se sabe acerca de su historia personal. Son rumores, mitos, qué tipo de bailarina era, porqué el cambio de nombre. Durante su gobierno detuvieron a un periodista, que ya murió, un francés que trabajaba para L’Express, porque investigaba para una nota biográfica sobre la presidenta”, dice el director. Troksberg nació en 1975 y su padre fue desaparecido en dictadura. “La misma dictadura que encarceló a Isabel. Sin embargo, en mi casa hablar de ella era como meter los dedos en el enchufe”, dice.

—En tu búsqueda de interlocutores, ¿te encontraste con la idea de una figura borrada de la historia?

—Isabel mezcla el autoxilio, y autoretiro, con el deseo de muchísimos (¡casi todos!) de olvidarla. Es un doble juego. En ese sentido, desborda la posibilidad de que algunos manipulen la historia o la borren: no me gustaría caer en eso de “somos todos culpables” pero – y eso empezó a cambiar en estos años posiblemente – nadie tenía ganas de acordarse de Isabel. O porque algunos apoyaron en ese momento el golpe, o porque sintieron que su gobierno fue un espanto, o porque mancha al peronismo. Fue rarísimo hacer esta película, sobre alguien que está vivo pero al que todos tratan como si ya no estuviera más. Como dice Papaleo en la película, un personaje fantasmal. Pero creo que lo que más me sorprendió, como lo muestra al final un cuadro de Marcia Schvartz, es su martirio. Porque eligió una vida casi de convento de clausura, ¿no?”.

Si la historia de “Isabelita” es oscura y fascinante, Una casa sin cortinas. El enigma de Isabel Perón, consigue atraparnos en ella desde esa primera escena. Por supuesto, entre las distintas voces y el material de archivo, los realizadores parten en busca de la protagonista hoy. Lo que pasa ahí, pueden verlo en el cine.

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