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A CINCO AÑOS DE LA MUERTE DE GUSTAVO CERATI, UN ADELANTO DEL LIBRO «UNIENDO FISURAS»

Diego Giordano entrega una fotografía de época en la que se entrecruzan la euforia democrática, la amenaza latente de un nuevo golpe militar, la frustración económica, la reconfiguración del negocio musical y el traumático recambio generacional que se dio en el rock argentino tras el fin de la dictadura

En noviembre de 1986, la aparición de Signos partió en dos la carrera de Soda Stereo. Con un sonido que reseteó su obra anterior y sus ambiciones artísticas futuras, el tercer álbum de la banda -integrado por ocho canciones clásicas desde el momento de su aparición- convirtió al grupo en un gigante de dimensiones hasta entonces desconocidas para el rock latinoamericano.

Diego Giordano, en Uniendo fisuras (Vademécum), entrega una impactante fotografía de época en la que se entrecruzan la euforia democrática, la amenaza latente de un nuevo golpe militar, la frustración económica, la reconfiguración del negocio musical y el traumático recambio generacional que se dio en el rock argentino tras el fin de la dictadura.

En el ojo de la tormenta, un artista –Gustavo Cerati, claro- que comienza a construirse como uno de los compositores y arquitectos sonoros más sobresalientes de la canción popular de esta región del mundo.

‘Sin sobresaltos’
(Cerati-Bosio)

Al tratarse de la apertura del disco, es válido considerar a ‘Sin sobresaltos’ como una suerte de manifiesto. En Nada personal, el grupo había diseñado una propuesta bailable y contracturada, sostenida por un sonido de corte pirotécnico. La primera y más notoria diferencia que marca el arranque de Signos es una concepción sonora más acústica y equilibrada.

Para el líder de Soda, cambiar de piel una y otra vez en pos de nuevas ideas era una necesidad, y en la discografía del trío cada álbum representa un quiebre con su antecesor: «Para mí, es importante cambiar, porque es natural que, después de un par de años que estoy tocando la misma cosa, necesite realmente un refresh […] ojalá yo pudiera emprender mejor ese método, de sacarme la ropa vieja y no porque es vieja, sino porque significa ‘hacer lo mismo’ o que las cosas son de esa manera y no pueden ser de otra…», le confesó Cerati a Gustavo Bove.

El planteo rítmico de ‘Sin sobresaltos’ es furioso: atornillando los cuatro tiempos del compás en el redoblante, Alberti persigue frenéticamente al bajo por el laberinto de contratiempos con el que Bosio subraya el riff de la canción desde las cuatro cuerdas de su Kubicki Ex Factor. No hay desvíos en el acoso, apenas unos bombos en los descansos y algunos truenos de rototoms ubicados en lugares clave. Cada golpe que Alberti entrega con precisión maniática remacha las palabras de la letra con la prepotencia de una declaración de guerra.

El ascenso a la fama, temática que había sido abordada en clave irónica en el primer disco, reaparece en uno de los breves instantes que ofrecen reposo entre tanta urgencia acelerada, cuando Cerati lanza una sentencia a la altura de sus intenciones imperiales: «Imagino que siempre hay un reino para destronar, y luego olvidar».

Gigante y arrogante, ‘Sin sobresaltos’ anuncia la conquista latinoamericana a pura adrenalina y evidencia el crecimiento del trío como unidad musical.

 

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