En esa jornada no sólo el automovilismo lloró, sino el mundo entero. El brasileño, tricampeón mundial (1988, 1990 y 1991) perdió la vida en la curva de Tamburello del Circuito de Imola.

Ayrton Senna, quien en vida ya era una leyenda, pasó a la inmortalidad: en un accidentado Gran Premio de San Marino, el brasileño chocó a alta velocidad y falleció a causa de las heridas. Transcurría la sexta vuelta en el circuito de Imola. Después de la entrada de un auto de seguridad, y con las gomas aún frías, los pilotos volvieron a pisar el acelerador a fondo. Senna, como de costumbre, lideraba al resto. Tras la última chicana, pasó por boxes y entró en el séptimo giro, el último que haría: en la segunda curva, llamada Tamburello, el brasileño no pudo doblar e impactó de lleno contra la pared de concreto, a unos 310 km/h.
En Brasil recibieron el cuerpo de Senna como se merecía: con una caravana de un millón de personas, entre las que estaban Alain Prost, Jackie Stewart y otras figuras en San Pablo. Además, se decretaron tres días de luto.De todos modos, su muerte no fue en vano, y le abrió los ojos al automovilismo mundial sobre la importancia de la seguridad. El HANS, dispositivo que previene los latigazos del cuello a la hora de un accidente, se volvió una norma. La curva letal de Tamburello, que previo a la fatalidad ya estaba siendo cuestionada, se reemplazó por una chicana. También, la posición de los pilotos en los autos cambió, llevándolos más al piso para no quedar expuestos, entre tantas modificaciones. Senna, que llegó al récord de 41 victorias (luego, roto por Michael Schumacher), acumuló 8o podios y ganó tres títulos de Fórmula 1 (88, 90 y 91), todos con McLaren, es referencia de velocidad e idolatría de los fierreros del mundo. Ayer, hoy y siempre.
